Un millón de muertos en Santa Cruz

Gary Antonio Rodríguez Álvarez (*)

¿Cuál es el costo del paro cívico y el “cerco” a Santa Cruz? Esa fue la pregunta más frecuente por parte de los medios de prensa durante las últimas semanas. Sin duda alguna, un solo día de paro en cualquier parte del mundo provoca un impacto negativo en el campo productivo, comercial y de servicios, aunque cuantificar “al centavo” para demostrar el perjuicio es poco menos que imposible.

Por una razón de justicia, empezaré aclarando que los cabildos y paros cívicos vistos con frecuencia los últimos años en la región, no son de ahora, más bien, de siempre. Tales expresiones han sido la tónica de cómo Santa Cruz debió reaccionar frente al olvido, el sufrimiento y las agresiones -campos de concentración y masacres como la de los ucureños en 1958- para lograr la atención o defenderse del Estado, reivindicando aspiraciones genuinas, como el derecho a una carretera o un ferrocarril, recibir regalías petroleras, recuperar la democracia, luchar por las autonomías departamentales, elección de gobernadores, etc., que terminaron beneficiando a todo el país.

Volviendo al tema del “costo” del paro… ¿por qué es difícil cuantificar una pérdida diaria? No es tan sencillo como dividir el PIB entre 365 días y sacar el promedio, eso es un error. Como ya he dicho muchas veces, no hay peor mentira que un promedio, fíjese: Mario tiene 6 autos; Eduardo 4 autos; Pedro 2 autos y Carlos no tiene auto, 12 autos en total y “en promedio” cada uno tiene 3 autos… De ahí aquello que “hay tres tipos de mentiras”: las pequeñas mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas, pero, eso es harina de otro costal.

Otra dificultad para cuantificar “el costo” es que resulta imposible un paro total.

Para el cálculo del costo/día de paro, en base al promedio del PIB anual, el Departamento tendría que haber estado totalmente parado, tanto el sector privado como la Administración Pública (cero recaudaciones); sin que haya el más mínimo comercio (nada de venta de abarrotes o comida, ni siquiera una tienda o restaurante de barrio); ningún servicio de aeropuerto, ni un solo vuelo; no debería haber servicio de gas, agua, luz o teléfono; nada de delivery ni transacciones financieras; no debería darse el comercio electrónico; nada de televisión, radio o Internet, funcionando; las Trabajadoras del Hogar deberían estar de “manos caídas”; ni un solo hospital, médico o farmacia debería atender; la Policía, el Ejército y los bomberos, tampoco; los animales del campo no deberían comer ni las vacas ser ordeñadas; no debería haber siembra, cosecha ni cuidado de cultivos; ningún vehículo automotor debería circular; no deberían trabajar los guardias privados; la exportación de gas debería cortarse; la actividad informal e ilegal debería estar parada (“cero contrabando”, v.gr.); no debería pagarse a nadie por cada día no trabajado, entre otras cosas más.

Nada de eso ha ocurrido, aunque el cerco empeoró las cosas por el inhumano acto de no dejar pasar alimentos, asistencia médica y combustibles, algo que no ocurre durante los paros por razones de humanidad. ¿Sabía Ud. que un millón de “pollitos bebé” murieron por causa del cerco contra Santa Cruz?

Dicho todo esto, aunque queda claro lo difícil de cuantificar la magnitud real del costo del paro y el cerco, lo cierto es que ello empieza a tener efectos negativos ya, por la caída de la actividad económica, la pérdida de productos perecibles (leche, huevos, carnes, animales vivos), la baja de recaudaciones, la subida de precio de los alimentos y combustibles, y la caída de divisas por exportación.

¿Quiénes serán los más afectados? Los productores, exportadores, comerciantes, trabajadores y consumidores. ¿Cuánto perdimos, en verdad? Mucho, varios cientos de millones de dólares, pero, también perdimos imagen como país, en el exterior.

Pero, hay algo que, como boliviano, me duele más que eso: perdimos como sociedad, al enfrentarnos otra vez entre hermanos, pudiendo evitarlo, poniéndonos de acuerdo, a tiempo. Perdimos, porque ahora hay nuevas heridas abiertas y resentimientos por cerrar…

Si a alguien le estrujó el alma saber que un millón de pollitos murieron por el cerco, imagínense a la familia de aquel ciudadano que murió en una refriega, en Quijarro. De ese costo no se habla, cuando es el mayor… Piense por un momento: Ud., su hijo, su cónyuge o una autoridad pudieron haber sido ese muerto. La pérdida material se puede superar con el tiempo; pero, cuán difícil es superar la partida de un ser querido.

¡Clamemos a Dios por paz para Bolivia!

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