El pecado de ser ‘pitita’ o la virtud de ser ‘masista’ ¿Quién pierde?

Por: Charly Paez (*)

charlypaez@gmail.com

En el año 2019 miles de bolivianos salieron a las calles para denunciar un supuesto fraude propiciado por el expresidente Evo Morales, más de 20 días de protestas respaldadas por un motín policial y el desconocimiento del alto mando militar a la investidura del mandatario, derivaron en su renuncia.

Tras la protesta y la proclamación como presidente de Bolivia, de la senadora de ese entonces, Jeanine Áñez, otros miles de bolivianos, la otra mitad del país, salieron a las calles para protestar por un supuesto golpe de estado y en defensa del presidente Evo Morales.

La diferencia y los enfrentamientos no sólo estuvieron en las calles, sino que se trasladaron a las redes sociales, más que todo en las plataformas de Twitter y Facebook, que también se convirtieron en un escenario encarnizado entre ambas posturas.

Bolivia se polarizó como nunca antes y se prolongó hacia un escenario marcado por el surgimiento de la pandemia del Covid-19 que llegó a Bolivia el 2020 y con un clima electoral tormentoso que derivó en una serie de sucesos que terminó por consolidar a Luis Arce como el primer mandatario de un estado plurinacional muy fraccionado.

PARADIGMA

En el MAS surgieron dos facciones también, bien marcadas, entre los que se quedaron y los que huyeron. Esa división generó pugnas internas y deserciones de líderes, como el caso de la actual alcaldesa de El Alto y ex presidenta del Senado, Eva Copa, que, al no contar con el apoyo de la cúpula de su partido, con una sigla prestada y tras ser expulsada del partido azul, fue elegida como burgomaestre de la ciudad más poblada de Bolivia.

Copa marca un paradigma en la estructura del partido oficialista que tras la ascensión de Arce volvió a asumir el control del aparato del Estado. El hecho de que no confiaran en ella como candidata es supuestamente porque no la perdonaron por quedarse como presidenta del Senado y prácticamente co-gobernar con Áñez. Pese a ello viabilizó las elecciones Generales que derivó en el retorno al poder del partido que lidera Evo Morales.

Es ahí que en el aparato estatal surge una consigna: ‘En la función pública no puede ser contratado quien trabajó con Áñez o criticó y traicionó a Evo y a Luis Arce’. Se creó una especie de ‘control estatal’ que escudriña cuentas de quienes postulan o que pretenden conseguir un cargo en la función pública.

Centenares de profesionales (médicos, ingenieros, maestros, abogados, comunicadores y otros) además de técnicos calificados están condicionados a esperar semanas para ver si son o no tomados en cuenta en las estructuras estatales porque hay un ‘selecto’ grupo, no se sabe si de militantes o funcionarios, que evalúan minuciosamente ‘el comportamiento’ que tuvieron durante todo ese proceso crítico que vivió el país entre 2019 y 2020.

DESCARTADOS

Basta con que algunos ex funcionarios que trabajaron años en la gestión de Morales, hayan permanecido algunos meses en la gestión de Áñez para ser descartados en algún ministerio, entidad o empresa estatal, algún municipio afín al MAS e incluso en algún área de del sistema de salud, ya sea público o de seguridad social.

La suerte es peor de aquellos que aportaron en cualquier nivel en la gestión de la ex presidenta en cualquier ámbito incluso de salud y educación, éstos exfuncionarios ya están vetados ‘de por vida’ o al menos hasta que dure el poder oficialista.

Un comentario o un post en Facebook o Twitter en contra de Evo o Arce es suficiente para descartar a un profesional y ponerle el ribete de ‘pitita’ aunque nunca haya sido militante o haya simpatizado con la política.

La experiencia y capacidad son echadas por tierra por el prejuicio de que ‘no se puede correr el riesgo de contar con gente que en algún momento puede traicionar el proceso’. Muchos profesionales y ciudadanos, que sin ser militantes ni políticos son tachados como opositores sólo por el hecho de haber vertido alguna crítica u opinión en contra de algún líder del MAS.

PIERDE EL ESTADO

Al final, ¿quién pierde? Gran parte del recurso humano calificado no es tomado en cuenta por una mera sospecha o comentario que alguien haya hecho en sus cuentas personales. ¿Eso no afecta al Estado y al desarrollo de toda una nación?

Acaso ¿se tiene que sobreponer el sentimiento de venganza o resentimiento para cerrar espacios a quienes piensan distinto? ¿Fue pecado criticar y opinar sobre hechos concretos y, más aún, trabajar y aportar en la función pública el sustento al hogar en aquel fatídico 2020? ¿

Nelson Mandela, tras años de ser encarcelado y perseguido, después de ser elegido como presidente de Sudáfrica no asumió el poder con odio y resentimiento, es más, invitó a quienes lo criticaron trabajar junto a él para levantar a toda una nación. Cerró las grandes brechas que había entre sus habitantes, generadas por el racismo, el clasismo y la violencia.

Ya es tiempo que el Estado deje de gastar en elemento humano que se dedica a escudriñar los antecedentes de centenares de postulantes a cargos públicos generando una purga de bolivianos por bolivianos. Lo ideal sería que con los recursos que se gastan para ese fin se traduzcan en ítems para salud o educación, por ejemplo, y cuyos profesionales deben ser valorados por su invaluable capacidad y no por su pensamiento o afinidad política.

(*) Es politólogo egresado de la Universidad Mayor de San Simón

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